Cuenta la leyenda que Pigmalión fue un rey y sacerdote además de gran escultor.
El tipo en alguna época anduvo buscando una esposa. Busco y buscó, pero ninguna era tan bella como su idea de mujer perfecta. Cansado de dar vueltas, decidió que no se casaría y se dedicó a tallar las más hermosas estatuas.
Hasta que un día esculpió en marfil una joven que le parecía sencillamente perfecta. Se enamoró entonces de esta estatua a la que llamó Galatea.
La diosa Afrodita lo hizo soñar que esta cobraba vida, conmovida de la tristeza de Pigmalión al darse cuenta que fue solo un sueño, Afrodita le dio vida a la estatua, otros dicen que estaba tan enamorado que le rezó a la Diosa para que cobre vida. Como sea la Diosa se apiadó y le hizo el milagro. Pigmalión se casó con Galatea y todo anduvo bien, comieron perdices, etc.
Hay veces cuando se programa a uno le pasa algo parecido a lo de pigmalión, a eso de enamorarse de la obra. Y cuando la obra empieza a no ser armónica uno trata de torcer las cosas y la idea de armonía para que la obra siga siendo la mejor. Desde ya que Afrodita no aparece y hay veces nos comemos hasta algún golpe con “casarnos” con nuestra pequeña obra.
En esos momentos conviene apartarse un poco y empezar a mirar las cosas por otro lado.
Bueno, eso es lo que me están haciendo ver en una materia que se llama Paradigmas en la facu. Apartarnos un poco y empezar a ver nuestras obras desde otro punto de vista totalmente distinto.
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